¿Qué es ser bueno?

 


 



 Spinoza y la demolición de la moral del miedo

La pregunta que ha torturado a la humanidad durante milenios parece, al fin, tener respuesta. Pero no una respuesta edificante, reconfortante, moralista. No. La respuesta devastadora que ofrece Spinoza —ese filósofo maldito, excomulgado, silencioso pulidor de lentes— es una revelación que todavía hoy seguimos evitando porque exige renunciar a la comodidad del rebaño. Y porque demuele, sin piedad, el edificio completo de la moral que las instituciones religiosas han construido para gobernar nuestra conciencia.

Spinoza nos dice que toda moral basada en el miedo es un dispositivo de dominación, no una vía hacia la virtud. Que actuar bien por temor al infierno o por deseo del cielo equivale a realizar una transacción comercial del alma: doy obediencia; recibo recompensa. Y que quien actúa así no es bueno: apenas es prudente. Apenas es esclavo.

Imaginemos dos personas que no roban. La primera no roba porque teme la condenación eterna. La segunda no roba porque comprende racionalmente que el robo destruye la confianza social indispensable para el florecimiento humano. La primera es obediente; la segunda es virtuosa. La primera vive paralizada por el terror; la segunda elige desde la comprensión. Esta distinción es el corazón de la revolución spinocista: la virtud no nace del miedo, sino de la inteligencia. No se trata de obedecer, sino de comprender.

Durante siglos, el poder religioso se sostuvo sobre una premisa perversa: la humanidad sería moralmente ingobernable sin el látigo del castigo divino. Sin infierno, dicen, volveríamos a la barbarie. Sin Dios vigilándonos, nos devoraríamos vivos. Pero la hipótesis spinocista invierte el argumento: es precisamente esa moral del miedo la que nos mantiene infantilizados, culpabilizados, divididos, incapaces de pensar por nosotros mismos. Es esa moral la que nos roba la capacidad adulta de comprender por qué ciertas acciones son destructivas y por qué otras promueven la vida en común.

Spinoza escribió en un siglo desangrado por guerras religiosas. Para él, las instituciones morales que prometían paz eran las responsables de la devastación colectiva. Y entendió algo que aún hoy cuesta aceptar: todo sistema que declare que necesitamos vigilancia externa para ser buenos ya asumió que somos incapaces de la virtud. Por eso la moral religiosa infantiliza. Nos trata como niños eternos que sólo pueden abstenerse del pecado bajo amenaza. Como si no tuviéramos la capacidad de pensar el mundo y actuar en él con autonomía.

Pero la crítica spinocista no se detiene ahí. Si actuar moralmente consiste en evitar pecados por miedo al castigo, entonces no estamos practicando virtud, sino gestionando riesgos. Cada decisión moral se vuelve un cálculo paranoico. ¿Cuántos años de tormento me costará esta mentira? ¿Qué castigo caerá sobre mí si cedo a mi deseo? Spinoza ve aquí el origen de las “pasiones tristes”: miedo, culpa, vergüenza, ansiedad, esperanza supersticiosa. Todo aquello que disminuye nuestra potencia de actuar, que achica el alma, que nos vuelve temerosos y manipulables.

La moral del miedo produce sujetos quebrados. Animales enjaulados que, incluso si alguien abre la puerta, permanecen paralizados por un terror internalizado. Incluso más: esta moral reprime deseos naturales, especialmente la sexualidad, convirtiéndolos en enemigos internos, en tentaciones demoníacas. ¿Qué clase de Dios —pregunta Spinoza— crearía seres con deseos naturales para luego castigarlos por tenerlos? La pregunta es tan simple como letal. Si esos deseos son parte de la naturaleza, entonces condenarlos es condenar al mismo orden natural. Y lo que las religiones llaman “virtud” no es más que represión, negación y, casi siempre, hipocresía.

Porque donde hay represión irracional, siempre hay doble vida. Las instituciones que más predican la pureza son las que más secretamente la traicionan. Y Spinoza lo anticipa: cuando la moral se basa en el miedo, las personas sólo aprenden a disimular, no a transformarse. No aprenden virtud; aprenden vergüenza. No aprenden libertad; aprenden obediencia.

Pero lo más corrosivo de esta moral es que convierte a cada individuo en policía de la vida ajena. La vigilancia mutua, la delación, la sospecha, la envidia moral —ese resentimiento del que sufre por ser “bueno” y exige que los demás sufran también— se vuelven mecanismos sociales. Una comunidad moralizada por el miedo no es una comunidad; es un panóptico.

Spinoza, en cambio, propone otra vía: una ética de la razón, no de la obediencia. Una ética adulta. Y su concepto central es el conatus: el esfuerzo de cada ser por perseverar y aumentar su potencia de existir. En los humanos, este esfuerzo incluye la razón. No buscamos sólo sobrevivir: buscamos comprender. Y es en esa comprensión donde surge la auténtica moralidad. La persona que actúa razonablemente no necesita mandamientos. Comprende por qué ciertas acciones favorecen su potencia y la potencia colectiva, y por qué otras la destruyen.

Tomemos el ejemplo clásico: no matarás. Para la moral religiosa, el argumento es: no mates porque Dios lo mandó y te castigará. Para Spinoza, la pregunta es otra: ¿por qué un Dios racional prohibiría matar? La respuesta es evidente: porque el asesinato destruye la vida en común, produce miedo, venganza, desgarramiento social. Pero si esta es la verdadera razón, cualquier persona que piense puede llegar a la misma conclusión. No necesito a Dios para entender que matar es destructivo. Necesito razón.

Y aquí aparece la verdadera bomba spinocista: si los mandamientos tienen razones, podemos descubrir esas razones sin mandamientos. Si no tienen razones, son absurdos. En ambos casos, la moral religiosa queda desarmada.

Lo que Spinoza llama “utilidad racional” no es utilitarismo vulgar, ni búsqueda de placer inmediato. Es la comprensión profunda de qué es realmente útil para un ser racional: vivir en cooperación, cultivar amistades que aumenten nuestra potencia, construir justicia que sostenga el tejido común, actuar de modo que nuestra existencia se expanda en armonía con la de los otros. Lo que es útil para mí como ser racional es útil para ti. La razón es universal. Por eso la amistad, para Spinoza, no necesita mandamientos. Surge naturalmente de la inteligencia compartida.

Ahora bien, Spinoza no es ingenuo. Sabe que la mayoría de las personas viven dominadas por sus pasiones. Para ellas, los mandamientos pueden funcionar como un freno tosco. Sí, un mandamiento puede impedir que alguien, dominado por la ira, cause daño irreversible. Pero confundir ese freno con virtud es un error monstruoso. Es confundir la muleta con la capacidad de caminar. Una sociedad que sólo sabe obedecer nunca aprenderá a pensar.

Y, según Spinoza, las instituciones religiosas tienen un interés económico, político y simbólico en mantenernos cojos para siempre. Porque un pueblo que piensa no necesita pastores. Un pueblo que razona no necesita expiación. Un pueblo que comprende no necesita miedo.

Por eso la moral religiosa puede ser activamente dañina: perpetúa la infancia moral, instala la idea tóxica del pecado original —nacer culpable, nacer roto—, genera ciclos interminables de culpa y perdón que sustituyen la transformación genuina por rituales de absolución. Pequé, me confesé, fui perdonado. Fin del ciclo. No necesito comprender nada. Sólo obedecer y reiniciar.

El resultado es una humanidad atrapada en pasiones tristes. Personas que viven con miedo al juicio divino, que consideran sus deseos como amenazas, que no pueden amar sin culpa ni disfrutar sin vergüenza. Personas que se imaginan pequeñas, indignas, pecadoras, necesitando siempre mediadores para alcanzar la salvación.

Frente a ello, Spinoza propone una ética de la alegría. No la alegría superficial del consumo o del placer inmediato, sino la alegría profunda de la acción racional, la alegría de actuar según nuestra propia esencia, la alegría de comprender. La alegría como aumento de la potencia de existir. Ser bueno ya no es obedecer, sino expandirse.

Esta ética no nos ofrece recetas simples, sino criterios. No nos dice “no mentirás”, sino “actúa de modo que aumentes tu potencia y la potencia colectiva”. Por eso, para Spinoza, mentirle a un asesino que busca a su víctima no sólo es permitido: es racional. La virtud no consiste en cumplir reglas, sino en promover la vida.

Spinoza no destruye la moral para reemplazarla por relativismo. La destruye para reemplazarla por inteligencia. Ser bueno no es obedecer; ser bueno es comprender. No es temer; es pensar. No es reprimir; es cultivar nuestra potencia.

Y sí: esta idea sigue siendo peligrosa, sigue siendo subversiva, sigue siendo intolerable para quienes necesitan mantenernos sumisos. Pero también es la única que puede devolvernos la dignidad de ser agentes morales autónomos. La pregunta que queda es simple y brutal:
¿preferimos la seguridad vacía de la obediencia o la difícil pero liberadora tarea de pensar por nosotros mismos?

Spinoza lo sabía: la humanidad teme su libertad más que cualquier infierno. Pero también sabía que sólo en esa libertad —esa libertad racional— puede nacer la verdadera virtud. Porque sólo quien comprende es capaz de ser verdaderamente bueno. Y tal vez por eso su filosofía sigue siendo una amenaza. Porque sigue siendo verdadera. Porque sigue siendo necesaria. Porque sigue siendo, después de siglos, la única puerta abierta hacia una ética adulta. Una ética sin miedo.

Una ética que, al fin, nos permite ser humanos sin pedir perdón por ello.


Comentarios

Entradas populares de este blog

ARDE LA DEMOCRACIA EN AMERICA LATINA

MENDOZA EN EL MUNDO

NADA QUE CELEBRAR