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Cuando el deseo vota contra sí mismo: hegemonía, sentido común y obediencia

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¿Por qué las mayorías obedecen ideas y medidas que las perjudican, incluso hasta el punto de votar proyectos contrarios a sus propios intereses? La pregunta no es nueva, pero sí exige ser formulada de otro modo si queremos evitar la respuesta fácil —“ignorancia”, “manipulación”, “falta de educación”— que, en el fondo, vuelve a culpar a quienes padecen. Desde una perspectiva deleuziana, el problema no se reduce a un error de juicio, sino a una producción política de deseo: las mayorías no sólo creen ciertas ideas; muchas veces desean el orden que las domina, porque ese orden se ha vuelto el modo “normal” de sentir, pensar y evaluar lo posible. Aquí conviene torcer la mirada: el poder no se sostiene únicamente por coerción, sino por captura. Deleuze y Guattari dirían que lo social funciona como una fábrica de subjetividad, una maquinaria que organiza flujos de afectos y percepciones, y que logra que lo vivido se alinee con lo decible. Gramsci, desde otra tradición, lo llamó hegemonía: ...

“El apolítico útil”

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  “ El apolítico útil” Autodenominarse apolítico no es una ausencia de posición: es una posición que se presenta como ausencia. Su eficacia reside precisamente en ese camuflaje. Bajo la fórmula “yo no me meto en política” se organiza una modalidad de subjetividad, de forma de ser que no neutraliza el poder, sino que lo deja operar con mayor fluidez. Se trata, en rigor, de una tecnología social de desmovilización: un dispositivo que transforma la retirada en virtud, el desinterés en signo de lucidez y la pasividad en superioridad moral. Esta postura se viste de una estética particular: el gesto de hastío ante la discusión pública, la ironía como escudo, el suspiro de rechazo ante la “politización” de los asuntos cotidianos. No es un fenómeno espontáneo. Más bien corresponde a una producción cultural sostenida, especialmente seductora para sectores de clase media con capital educativo, acostumbrados a identificar la racionalidad con la distancia y a sospechar de toda pasión...

El poder invasor de la minería

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  La historia contemporánea de Venezuela —y de buena parte de América Latina— no puede leerse sin atender a una constante que atraviesa gobiernos, ideologías y discursos morales: la disputa por los recursos estratégicos. En el caso venezolano, el petróleo ha sido el protagonista evidente, pero en las últimas décadas la minería —oro, coltán, tierras raras— se ha convertido en un factor decisivo, silencioso y profundamente invasivo. Allí donde hay minerales estratégicos, la soberanía se vuelve frágil y la democracia, negociable. La política exterior de Estados Unidos bajo la administración Trump, con su retórica agresiva y su obsesión por Venezuela, no se explica solo por la figura de Nicolás Maduro ni por la preocupación selectiva por los derechos humanos. Se explica, sobre todo, por la necesidad de controlar territorios ricos en energía y minerales clave para la economía global y la industria tecnológica. La minería, como el petróleo, no es solo un recurso económico: es poder geopo...

La Escuela fabrica ciudadanos mínimos?

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La escuela es uno de los dispositivos de encierro más eficaces de la modernidad. No porque hoy funcione bien, sino precisamente porque funciona mal y aun así persiste. Es una institución con olor a cajón cerrado, pero que sigue pretendiendo formar subjetividades como si el siglo XIX no hubiera terminado. Bajo la promesa de “educar”, lo que hace es domesticar: producir cuerpos obedientes, tolerantes al maltrato y entrenados para aceptar la violencia como normalidad. La escuela no forma ciudadanos críticos; fabrica ciudadanos mínimos. El ciudadano que emerge de este dispositivo es aquel que cree que la política se agota en introducir un papel en una urna. Votar se convierte en el gesto total de participación, y todo lo demás se reduce a una relación pasiva de demanda, similar a la del consumidor insatisfecho. Se “compra” una representación y luego se espera, se reclama, se protesta sin implicación real. La democracia, así, queda reducida a un ritual vacío, perfectamente compatible con la...

La Esperanza como Herramienta de Hegemonía: Un Análisis Crítico

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  En el tejido cultural de nuestras sociedades, la esperanza se presenta como una luminosa promesa de redención personal. Nos dicen que, con suficiente optimismo y tenacidad, cualquier obstáculo puede ser superado. Sin embargo, esta misma esperanza, lejos de ser una fuerza emancipadora, puede convertirse en un instrumento sutil de hegemonía. En primer lugar, el valor de la esperanza se entrelaza con el individualismo. Nos enseñan que el éxito es fruto del esfuerzo personal, ignorando las barreras estructurales que limitan a muchos, es decir que   son obstáculos que no dependen de la voluntad ni del mérito individual, sino de la forma en que está organizada la sociedad. Justamente por eso son tan eficaces para la dominación: suelen volverse invisibles o “naturales”:   Desigualdad económica de origen No se parte del mismo punto. Nacer en un hogar pobre implica peor alimentación, menor acceso a salud, vivienda precaria y necesidad temprana de trabajar. La “libertad de elegi...

LA VERDADERA BATALLA CULTURAL

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  La batalla cultural no es una consigna vacía ni una moda pasajera. Tampoco es una discusión reservada a especialistas, intelectuales o políticos. La batalla cultural ocurre todos los días, en la cocina de una casa, en una charla entre amigos, en el aula, en la televisión, en las redes sociales y, sobre todo, en nuestra cabeza. Es la lucha por definir qué ideas consideramos normales, cuáles repetimos sin pensar y cuáles descartamos automáticamente, como si fueran absurdas o peligrosas. En otras palabras, es una pelea por el sentido común. Para entenderlo mejor, pensemos en algo simple. Cuando alguien dice “así son las cosas”, suele dar por cerrado cualquier debate. Esa frase funciona como una muralla. No invita a pensar, invita a aceptar. La batalla cultural busca exactamente eso: que ciertas explicaciones del mundo se vuelvan tan obvias que ya no parezcan explicaciones, sino hechos naturales. Y cuando algo se naturaliza, deja de cuestionarse. Un ejemplo cotidiano: una persona esc...

EL MILAGRO DE SPINOZA

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Hay ideas que no te dejan dormir. Te rodean, te insisten, te tironean de la conciencia hasta que finalmente las entendés… o dejan de soltarte. Eso me pasó estos días con Spinoza. Durante años repetí —como tantas personas— esas frases heredadas, gastadas, dulzonas: “Es un milagro”, “Que se haga tu voluntad”, “Lo dejo en tus manos”, “Ayúdame, Señor”. Y no voy a mentir: alguna vez me sirvieron, o eso creí. Me daban una sensación de precario alivio, un respiro momentáneo ante el caos. Pero un día pude entender lo que decía Spinoza y todo se quebró. No para destruir mi fe, sino para arrancarle el miedo. Porque esa es la verdad incómoda: mi fe estaba llena de miedo. Miedo a equivocarme, miedo a que un Dios externo me castigara, miedo a no estar a la altura de una voluntad misteriosa. Spinoza vino a poner dinamita ahí. Y aunque al principio resistí —porque nadie suelta fácilmente un consuelo aprendido— la idea terminó abriéndose paso: Dios no es un ser separado. Dios es la naturaleza misma. L...