Cuando el deseo vota contra sí mismo: hegemonía, sentido común y obediencia
¿Por qué las mayorías obedecen ideas y medidas que las perjudican, incluso hasta el punto de votar proyectos contrarios a sus propios intereses? La pregunta no es nueva, pero sí exige ser formulada de otro modo si queremos evitar la respuesta fácil —“ignorancia”, “manipulación”, “falta de educación”— que, en el fondo, vuelve a culpar a quienes padecen. Desde una perspectiva deleuziana, el problema no se reduce a un error de juicio, sino a una producción política de deseo: las mayorías no sólo creen ciertas ideas; muchas veces desean el orden que las domina, porque ese orden se ha vuelto el modo “normal” de sentir, pensar y evaluar lo posible. Aquí conviene torcer la mirada: el poder no se sostiene únicamente por coerción, sino por captura. Deleuze y Guattari dirían que lo social funciona como una fábrica de subjetividad, una maquinaria que organiza flujos de afectos y percepciones, y que logra que lo vivido se alinee con lo decible. Gramsci, desde otra tradición, lo llamó hegemonía: ...