“El Gran Carnaval: cuando la política deja de gobernar y empieza a programar”.


  


  

Hay una pregunta que atraviesa nuestro presente como un ruido de fondo: ¿estamos todos locos o alguien planificó este quilombo? La intuición inicial es casi infantil: nada puede ser tan caótico sin un plan detrás. Pero lo que muestra Da Empoli —y lo que Deleuze habría señalado con una sonrisa amarga— es que no se trata de un plan maestro en el sentido clásico, sino de algo más inquietante: un dispositivo, una máquina abstracta que captura afectos, intensidades y pulsiones, y las convierte en fuerza política. No hay un gran titiritero moviendo los hilos; hay ingenieros del caos conectando cables, afinando algoritmos y dejando que la máquina haga el resto.

En un mundo donde Trump llegó a presidente con memes, Bolsonaro incendió el Amazonas a punta de fake news y Milei convirtió la furia en identidad con motosierra en mano, la pregunta por la racionalidad del caos se vuelve inevitable. Lo que parece locura es, en realidad, una forma nueva de racionalidad, una racionalidad que opera al nivel de los afectos y no de los argumentos, del algoritmo y no de la deliberación. Deleuze diría que ya no estamos frente a Estados que administran poblaciones, sino frente a máquinas cibernéticas que administran flujos: flujos de datos, de indignación, de deseo y de odio.

Da Empoli abre su libro con una escena improbable: Goethe observando el carnaval romano del siglo XVIII. Un mundo al revés donde los pobres se visten de ricos, los curas reciben tizazos y los cocheros son reyes. Un desorden regulado, una inversión simbólica que recuerda que el orden no es natural, que es frágil, reversible, teatral.

Pero si la política actual es un carnaval, como dice Da Empoli, entonces es un carnaval distinto: un carnaval con backstage, con ingenieros y operadores, un carnaval que lejos de liberar, captura. Deleuze llamaría a esto una máquina de captura: convierte la potencia del caos en un producto, la rebeldía en mercancía, la bronca en combustible electoral. El carnaval moderno no libera del orden: produce un orden nuevo, más eficiente, más invisible y más invasivo.

Ahí entran los personajes que Da Empoli denomina “ingenieros del caos”: Bannon, Casaleggio, Cummings, Yiannopoulos, y todos los evangelistas del algoritmo como forma de poder. No son líderes carismáticos ni ideólogos clásicos. Son técnicos, nerds, operadores, diseñadores de ambientes. No se dedican a convencer, sino a modular afectos en tiempo real.

Bannon lo entendió antes que nadie: la política es una batalla cultural, y la cultura ya no es un territorio organizado por instituciones, sino un flujo continuo de imágenes, slogans, conspiraciones y micro-emociones distribuidas por plataformas. Su lema —“la política viene después de la cultura”— condensa un diagnóstico deleuziano puro: el poder no opera sobre cuerpos sometidos, sino sobre subjetividades producidas. Primero se fabrica un modo de sentir el mundo; después el voto cae solo.

Cummings perfeccionó la técnica: segmentó votantes como si fueran partículas de un experimento físico, diseñó mensajes-moléculas, y logró que el Brexit no fuera una idea sino una afectación colectiva. Casaleggio, por su parte, convirtió el Movimiento 5 Estrellas en la primera proto-partidocracia algorítmica del mundo: un no-partido basado en datos, feedback continuo y un simulacro de horizontalidad que Deleuze habría reconocido como democracia controlada por máquinas de comunicación.

La lógica es siempre la misma: no te doy un proyecto político, te doy lo que ya querés oír. Pero no porque te conozca, sino porque te leo. Te leo en tus clics, en tus puteadas, en tus silencios, en cada gesto digital que dejás sin querer. Cada usuario es una subjetividad fragmentaria, una multiplicidad de micro-afectos que el algoritmo reorganiza como si fueran piezas de Lego.

Y así aparece la verdadera pregunta: ¿cómo se hace política cuando la política ya no es discursiva sino sensorial, emocional, instantánea? Da Empoli muestra que los ingenieros del caos abandonaron el viejo paradigma de la construcción de consensos. Lo que buscan es más simple y más rentable: no sumar acuerdos sino multiplicar enojos. El algoritmo no premia lo verdadero, premia lo disruptivo. No multiplica ideas, multiplica reacciones. No organiza sociedades, las atomiza hasta que cada individuo queda encerrado en su propio feed, su propia burbuja, su propia versión privatizada de la realidad.

Deleuze y Guattari hablaban de las “máquinas deseantes”, máquinas que producen deseo sin necesidad de un sujeto estable que las guíe. Hoy, las redes sociales son eso: máquinas que producen indignación en serie, deseos de destruir, de romper, de incendiar el sistema sin saber bien qué sistema es ese. Es un deseo sin objeto, una furia sin proyecto, una vibración constante que encuentra en los outsiders —Milei, Trump, Bolsonaro— formas momentáneas de condensación.

Porque esto es clave: estos líderes no producen el caos; lo capitalizan. La fábrica del caos está fuera de ellos, en los dispositivos tecnológicos que amplifican lo negativo, que premian lo incendiario y que transforman cada meme en una micro-acción política. El populismo actual no es el de Laclau; es el de la viralización. Ya no se articulan demandas: se disparan impulsos. No se construye pueblo: se segmenta audiencia. No se convoca al pacto: se convoca al bardo.

Lo más inquietante de todo es que esta forma de poder no necesita imponerse desde arriba. Se infiltra desde abajo, desde cada like, cada comentario, cada reacción impulsiva. Somos nosotros, sin darnos cuenta, quienes alimentamos el circuito. La máquina no necesita censurar; solo necesita mostrar aquello que nos indigna. Y ahí estamos, atrapados como peces que confunden la red con el agua.

Entonces, ¿qué hacemos frente a esta reorganización del poder? La respuesta no es nostálgica —no se trata de volver al mundo de los partidos estables, los debates razonados y las instituciones fuertes—. Ese mundo ya se fue. Pero tampoco es entregarse al nihilismo alegre del algoritmo. La única salida deleuziana posible es producir otros agenciamientos, otros modos de vincular afectos y razón, otros dispositivos de conversación que no estén diseñados para el escándalo permanente.

La pregunta final sigue siendo política:
¿cómo se construye democracia en un ecosistema que premia el caos?
Quizás el primer paso sea entender lo que Da Empoli quiere mostrar: que el caos no es espontáneo.
Es programado.
Y si no lo desarmamos, nos programa a nosotros.


 

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