Cuando el deseo vota contra sí mismo: hegemonía, sentido común y obediencia
¿Por qué las mayorías obedecen ideas y medidas que las perjudican, incluso hasta el punto de votar proyectos contrarios a sus propios intereses? La pregunta no es nueva, pero sí exige ser formulada de otro modo si queremos evitar la respuesta fácil —“ignorancia”, “manipulación”, “falta de educación”— que, en el fondo, vuelve a culpar a quienes padecen. Desde una perspectiva deleuziana, el problema no se reduce a un error de juicio, sino a una producción política de deseo: las mayorías no sólo creen ciertas ideas; muchas veces desean el orden que las domina, porque ese orden se ha vuelto el modo “normal” de sentir, pensar y evaluar lo posible.
Aquí conviene torcer la mirada: el poder no se sostiene únicamente por coerción, sino por captura. Deleuze y Guattari dirían que lo social funciona como una fábrica de subjetividad, una maquinaria que organiza flujos de afectos y percepciones, y que logra que lo vivido se alinee con lo decible. Gramsci, desde otra tradición, lo llamó hegemonía: el triunfo político más eficaz es cuando lo dominante se instala como sentido común, como evidencia. No hace falta el látigo cuando la obediencia se vuelve hábito y, más aún, identidad.
Por eso tantas ideas que defendemos no emergen de una convicción propia, sino de una sedimentación colectiva. Si seguimos su ruta de origen, aparecen las huellas de la clase dominante: no como conspiración, sino como infraestructura cultural. El ejemplo clásico —“si sos pobre es porque no te esforzaste”— es una tecnología moral de gobierno. Transforma salarios bajos, precarización y desigualdad en defectos personales. El sistema desaparece como causa y reaparece como tribunal: no hay explotación, hay “falta de mérito”. La dominación se hace íntima, se vuelve culpa. Y la culpa es una forma sofisticada de obediencia, porque redirige la frustración hacia el yo y no hacia la estructura.
Algo similar ocurre con el mantra del “ajuste”: “hay que achicar el Estado porque gasta mucho”. Parece racionalidad administrativa, pero opera como clasificación interesada. Cuando se recortan salud, educación o derechos, se lo nombra “responsabilidad fiscal”; cuando se condonan deudas o se subsidia a bancos y grandes empresas, se lo llama “estímulo” o “inversión”. No es sólo doble estándar: es un régimen de enunciación que distribuye legitimidad. Lo que a unos les cae como castigo, a otros les llega como premio. El lenguaje, así, no describe: gobierna.
La frase “no te metas en política” completa el circuito. Funciona como desactivador de conflicto: invita a retirarse del campo donde se disputa lo común. Pero la clase dominante nunca “sale” de la política: la habita por empresas, medios, lobbies, fundaciones. La despolitización de las mayorías no es ausencia de poder; es su forma más elegante, porque convierte la renuncia en virtud.
Desde esta óptica, la pregunta final no es “¿sos libre?”, sino “¿qué fuerzas organizan lo que te parece natural?”. ¿A quién le sirve que ciertas ideas circulen como obvias? El poder real se reconoce cuando no necesita imponerse: cuando se reproduce solo, en la repetición cotidiana de un sentido común que nos habita como si fuera propio. Ahí, justamente, comienza la tarea política: romper la evidencia, reabrir lo posible, y reconectar deseo con emancipación en lugar de resignación.

Comentarios
Publicar un comentario