“El apolítico útil”

 


El apolítico útil”



Autodenominarse apolítico no es una ausencia de posición: es una posición que se presenta como ausencia. Su eficacia reside precisamente en ese camuflaje. Bajo la fórmula “yo no me meto en política” se organiza una modalidad de subjetividad, de forma de ser que no neutraliza el poder, sino que lo deja operar con mayor fluidez. Se trata, en rigor, de una tecnología social de desmovilización: un dispositivo que transforma la retirada en virtud, el desinterés en signo de lucidez y la pasividad en superioridad moral.

Esta postura se viste de una estética particular: el gesto de hastío ante la discusión pública, la ironía como escudo, el suspiro de rechazo ante la “politización” de los asuntos cotidianos. No es un fenómeno espontáneo. Más bien corresponde a una producción cultural sostenida, especialmente seductora para sectores de clase media con capital educativo, acostumbrados a identificar la racionalidad con la distancia y a sospechar de toda pasión política como si fuese, de antemano, un síntoma de irracionalidad. El apoliticismo, así, no se vive como abandono del espacio común, sino como elevación por encima de él: una suerte de ascetismo cívico que pretende situarse “más allá” del conflicto.

En términos deleuzianos, conviene pensar esta dinámica no como una simple elección individual, sino como una captura del deseo. No se trata de que el sujeto, autónomamente, “decida” desconectarse; se trata de que aprende a desear esa desconexión como forma de distinción. El sistema no necesita imponer silencios cuando logra que el silencio sea experimentado como refinamiento. En este sentido, la neutralidad ideológica funciona como un régimen de enunciación: produce efectos reales al instituir lo político como un campo sucio del cual conviene retirarse. El resultado no es neutralidad, sino alineamiento tácito con el estado de cosas.

El apoliticismo opera, por tanto, como una pedagogía del repliegue. Ofrece algo a cambio: la promesa de una identidad “superior”, menos contaminada por la conflictividad social. Pero el precio de esa identidad es alto: la renuncia a intervenir en la organización de lo común. Y lo decisivo aquí es comprender que la política no desaparece porque uno se retire de ella. Lo que desaparece es la posibilidad de incidir. El espacio que se abandona no queda vacío; es ocupado por otros actores, con intereses, recursos y estrategias. Donde se retira la deliberación pública, se expande la administración opaca.

Una de las piezas centrales de este dispositivo es la transmutación del fastidio en argumento. Decir “me aburre” o “estoy cansado de que todo sea político” aparece como una sofisticación emocional: una manera de afirmar distancia sin asumir responsabilidad. Sin embargo, el aburrimiento no es inocente; es una forma de organización afectiva funcional al orden existente. Con frecuencia, es un privilegio que se confunde con sabiduría: solo puede aburrirse de lo político quien aún no percibe con toda crudeza cómo lo político incide en su existencia inmediata o en la de aquellos que lo rodean. Allí donde la precariedad, la exclusión o la violencia estructural se intensifican, la política deja de ser un tema discutible para convertirse en condición de vida.

De aquí se desprende una tesis fundamental: la neutralidad no es elegancia moral, sino adhesión automática al statu quo. No hace falta apoyar explícitamente a un orden para sostenerlo; basta con no perturbarlo. Cuando la retirada se presenta como virtud, se naturaliza un tipo de complicidad por omisión. Esta complicidad no debe entenderse como una acusación moral simplista, sino como una constatación política: la inacción también produce consecuencias. La abstención, en este marco, se integra al circuito de reproducción del poder establecido.

El argumento habitual contra esta crítica sostiene que “no todo es político”. Pero dicha afirmación, en su forma más común, no describe el mundo: describe el deseo de no hacerse cargo de él. No se trata de sostener que cualquier gesto cotidiano sea un manifiesto ideológico; se trata de reconocer que la vida social está atravesada por decisiones colectivas institucionalizadas. El acceso al agua, la configuración del salario, la regulación de los alimentos, la organización del sistema sanitario, la planificación urbana, la concesión de territorios, la estructura impositiva y la administración de los bienes comunes son dimensiones configuradas por relaciones de poder y por marcos normativos. Llamar “político” a esto no es exageración retórica: es precisión descriptiva.

La pregunta, entonces, no es si uno “quiere” vivir en un mundo político. Ya vive en él. La pregunta es si acepta ser un mero objeto de decisión o si aspira a constituirse como sujeto de intervención. El apoliticismo responde de manera tácita: opta por delegar sin deliberar, por obedecer sin discutir, por adaptarse sin disputar. Y, para que esa delegación no se viva como derrota, la reviste con un lenguaje de altura moral. De allí la eficacia psicológica del dispositivo: permite sentirse íntegro mientras se renuncia a la participación.

Desde la perspectiva de Deleuze y Guattari, esta operación se inscribe en una micropolítica de los afectos: pequeñas frases, gestos y hábitos que, acumulados, producen estructuras de comportamiento colectivo. No hace falta una censura centralizada; basta con que se instale culturalmente la idea de que involucrarse es “intenso”, “visceral” o “infantil”. Se construye así una subjetividad que asocia el compromiso con el desborde y la distancia con la inteligencia. La consecuencia no es serenidad, sino despotenciación.

Ahora bien, reconocer el carácter problemático del apoliticismo no implica exigir militancia permanente ni reducir toda existencia a una disputa partidaria. Implica, más bien, recuperar la dimensión ética de la responsabilidad pública sin caer en moralismos. Significa admitir que el espacio común requiere presencia, organización y deliberación; y que la crítica al “circo” político no debe convertirse en coartada para la retirada, sino en impulso para inventar formas más lúcidas de participación.

Aquí resulta útil una noción clave: el agenciamiento. Un agenciamiento es una composición de fuerzas, cuerpos, discursos e instituciones que permite hacer algo posible. La pregunta política relevante no es “¿qué opinas?”, sino “¿qué conexiones sostienes y qué potencias habilitas?”. Salir del apoliticismo no supone únicamente hablar más, sino componer mejor: construir redes, producir espacios de discusión, participar de organizaciones, intervenir en lo local, articular demandas, sostener prácticas que protejan lo común. En otras palabras: reemplazar la superioridad moral por la capacidad real de incidencia.

En última instancia, lo apolítico se presenta como refugio, pero funciona como entrega. No porque quien se declare “neutral” desee conscientemente favorecer al poder, sino porque la neutralidad es estructuralmente favorable a quien ya domina. El orden existente no teme a la apatía: se alimenta de ella. Lo que teme es la articulación colectiva, la inteligencia organizada, la perseverancia en la disputa por lo común.

La conclusión, por tanto, no debería clausurar el debate, sino abrirlo con una interpelación: ¿qué tipo de ciudadanía produce una cultura que confunde cansancio con lucidez y distancia con inteligencia? ¿En qué momento el prestigio de la neutralidad se convirtió en sustituto de la responsabilidad pública? Y, sobre todo, ¿cómo imaginar formas de participación que no reproduzcan el espectáculo que se critica, pero que tampoco caigan en la renuncia elegante que deja intactas las relaciones de poder?

La política no es una afición opcional, sino una dimensión constitutiva de lo social. Retirarse no la elimina: solo reordena quién decide. Si el apoliticismo se vive como pureza, conviene recordarlo con sobriedad filosófica: esa pureza suele ser el nombre amable de una delegación. Y toda delegación, en un mundo atravesado por asimetrías, tiene un costo que rara vez paga quien se retira, sino quienes no pueden hacerlo.



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