La Escuela fabrica ciudadanos mínimos?




La escuela es uno de los dispositivos de encierro más eficaces de la modernidad. No porque hoy funcione bien, sino precisamente porque funciona mal y aun así persiste. Es una institución con olor a cajón cerrado, pero que sigue pretendiendo formar subjetividades como si el siglo XIX no hubiera terminado. Bajo la promesa de “educar”, lo que hace es domesticar: producir cuerpos obedientes, tolerantes al maltrato y entrenados para aceptar la violencia como normalidad.

La escuela no forma ciudadanos críticos; fabrica ciudadanos mínimos. El ciudadano que emerge de este dispositivo es aquel que cree que la política se agota en introducir un papel en una urna. Votar se convierte en el gesto total de participación, y todo lo demás se reduce a una relación pasiva de demanda, similar a la del consumidor insatisfecho. Se “compra” una representación y luego se espera, se reclama, se protesta sin implicación real. La democracia, así, queda reducida a un ritual vacío, perfectamente compatible con la apatía y la despolitización.

Este tipo de subjetividad no surge por accidente. Se entrena desde la infancia. La escuela enseña, ante todo, a aguantar. Aguantar horarios absurdos, jerarquías incuestionables, evaluaciones arbitrarias, violencias naturalizadas. Aguantar estar quieto cuando el cuerpo quiere moverse, callar cuando hay que hablar, repetir cuando no se entiende. Ese entrenamiento no es pedagógico: es disciplinario. Su objetivo no es el saber, sino la adaptación.

Por eso la escuela es la antesala del trabajo. El trabajo entendido no como actividad creadora, sino como régimen de sometimiento. Jornadas interminables, humillación cotidiana, aceptación de abusos como precio de la supervivencia. La escuela prepara para eso: para que el maltrato no resulte intolerable, para que la explotación no sea escandalosa, para que la obediencia parezca virtud. Si el sistema te recompensa, quizás asciendas y reproduzcas la violencia sobre otros. Si no, quedás atrapado en la base de la pirámide, aprendiendo a tragar en silencio.

No es casual que la escuela se parezca a una cárcel en miniatura. Mismos horarios, mismos controles, misma lógica panóptica. No se trata de aprender, sino de ser visto, medido, clasificado. El saber es secundario; lo central es la normalización. Por eso la mayoría olvida casi todo lo que “aprendió”. Porque no estaba ahí para aprender, sino para adaptarse.

Las supuestas alternativas pedagógicas de elite no resuelven el problema: apenas lo maquillan. Montessori, Waldorf y otros experimentos boutique no cuestionan la lógica de fondo, solo la hacen más amable para quienes pueden pagarla. No liberan: segmentan. Ofrecen una infancia “creativa” a unos pocos mientras el resto sigue siendo entrenado para obedecer.

Pensar políticamente la escuela implica asumir que no es neutral ni inocente. Es un dispositivo central en la producción de subjetividades funcionales al orden económico y social. Mientras no se la piense como un campo de disputa —y no como un templo intocable— seguirá cumpliendo su función principal: enseñarnos, desde muy chicos, a aceptar lo inaceptable.

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