“50 años después: la memoria ya no es consenso, es trinchera”
Hoy no es una fecha más. Son 50 años del golpe del 24 de marzo de 1976. Medio siglo. Y sin embargo, no estamos ante una conmemoración solemne ni ante un consenso consolidado. Estamos, más bien, en medio de una disputa abierta, áspera, incómoda. Y no es una exageración: por primera vez desde 1983, el propio Estado participa activamente en la desarticulación del consenso democrático construido a partir del terrorismo de Estado.
Lo pensé mucho antes de escribir esto. Dudé sobre el enfoque, sobre el tono, incluso sobre la utilidad de volver a decir lo ya dicho. Pero entendí algo que es, al mismo tiempo, evidente y perturbador: no estamos repitiendo una historia, estamos viviendo una nueva etapa de la misma disputa. Y esa disputa es, esencialmente, política.
Porque la memoria nunca fue un territorio neutral. Nunca lo es. La memoria no es el pasado en sí mismo, sino su reconstrucción desde el presente, en función de un proyecto de futuro. Y ahí radica el núcleo del problema: lo que hoy está en juego no es solo cómo recordamos lo ocurrido, sino qué país queremos construir a partir de ese recuerdo.
Durante años creímos —o quisimos creer— que existía consenso. Que el “Nunca Más” no era solo una consigna, sino un acuerdo profundo, casi inquebrantable. Elizabeth Jelin ya había advertido sobre esa ilusión: no hay memoria única, no hay relato cerrado. Lo que existe es una tensión permanente entre memorias en conflicto. No se trata de memoria versus olvido, sino de memoria contra memoria.
Hoy esa tensión se volvió explícita, descarnada. El gobierno no solo cuestiona aspectos del relato histórico sobre la dictadura: lo hace desde el poder, con recursos del Estado, con una narrativa que busca relativizar el terrorismo de Estado y reinstalar una idea peligrosa de equivalencias. La llamada “memoria completa” no es una ampliación del campo de la memoria; es una operación política que desplaza el eje, diluye responsabilidades y reconfigura el sentido común.
No es un fenómeno espontáneo ni reciente, este discurso tiene raíces en sectores militares de los años noventa y fue creciendo en los márgenes hasta encontrar hoy su oportunidad histórica. Lo que antes era periférico, hoy es central. Lo que antes era defensivo, hoy es ofensivo.
Y esto no se limita al plano simbólico. No estamos solo ante una batalla discursiva. Hay una materialidad concreta: recortes presupuestarios, desmantelamiento de políticas públicas, vaciamiento de espacios de memoria. Se trata de una praxis coherente con una visión de país. Un proyecto integral, con lógica propia, que no improvisa sino que avanza.
En este punto, conviene detenerse en algo incómodo pero necesario: tal vez el consenso democrático nunca fue tan sólido como creíamos. Marina Franco lo plantea con claridad: el llamado “Pacto del Nunca Más” no fue tanto el resultado de un acuerdo profundo, sino de una correlación de fuerzas. La derrota militar condicionó el escenario, pero no eliminó las matrices ideológicas que habían sostenido el terrorismo de Estado. Esas matrices permanecieron, latentes, esperando su momento.
Ese momento parece haber llegado.
Entonces, la pregunta ya no es qué pasó hace 50 años. La pregunta es qué hacemos hoy con eso. Cómo evitamos que la memoria se convierta en una pieza de museo, repetida hasta el agotamiento, vaciada de contenido político. Porque, la repetición mecánica puede ser una forma de derrota.
Mantener viva la memoria no es repetir consignas: es actualizar su sentido. Es conectar las violencias del pasado con las del presente. Es reconocer continuidades, identificar nuevas formas, construir herramientas políticas que estén a la altura del tiempo que vivimos.
Y ahí aparece otro problema: ese proyecto alternativo todavía no termina de tomar forma. Hay diagnósticos, hay alertas, hay resistencia. Pero falta articulación, horizonte, dirección. La memoria, sin proyecto, corre el riesgo de convertirse en nostalgia.
Hace unos días, María Soledad Nívoli recibió la noticia de que habían encontrado los restos de su padre en La Perla. Dijo algo que me quedó resonando: “Ya no soy hija de un desaparecido. Ahora soy huérfana. Esto recién empieza, porque hay muchos más allí”.
Ahí está todo. El pasado que irrumpe, el presente que duele, el futuro que interpela.
No hay cierre posible. No lo hubo y no lo hay. La memoria no es un punto de llegada, es un campo un territorio de disputa permanente. Y hoy, más que nunca, esa disputa nos exige tomar posición.
Ahora, y siempre.

Comentarios
Publicar un comentario