La miseria de la guerra y la verdad del petróleo



Cada vez que observo una guerra en Medio Oriente, vuelvo a una certeza incómoda: la guerra nunca empieza donde dicen que empieza. No comienza en el discurso moral, ni en la supuesta defensa de la libertad, ni en la invocación abstracta a la seguridad internacional. Comienza mucho antes, en la geopolítica concreta, en la disputa por los recursos, en la necesidad de sostener jerarquías imperiales, en la voluntad de disciplinar a quienes se resisten a un orden mundial construido para beneficiar a unos pocos. Por eso, cuando se analiza la situación de Irán, su persistencia histórica y la continuidad del régimen tras la muerte de Ali Khamenei, no alcanza con detenerse en la superficie institucional o religiosa. Hay que mirar el subsuelo. Hay que mirar el petróleo. Hay que mirar el mapa de los intereses materiales.

Yo no creo en la ingenuidad de las grandes potencias. Mucho menos en la de Estados Unidos. La historia reciente demuestra que allí donde aparece un recurso estratégico, allí donde una región puede alterar el equilibrio energético del planeta, allí aparece también la maquinaria diplomática, militar, mediática y financiera del imperio. No para llevar libertad, sino para garantizar obediencia. No para proteger pueblos, sino para controlar rutas, mercados, monedas y suministros. La guerra, en ese sentido, no es un accidente ni un fracaso de la política: es su continuación por otros medios, como bien enseñó Clausewitz. Pero en la época imperial esa continuación adopta una forma aún más brutal: se convierte en administración del saqueo.

Irán representa una molestia persistente para esa lógica. No porque encarne un modelo moral superior, ni porque su régimen esté exento de autoritarismo, represión o contradicciones internas. Nada de eso. Irán incomoda porque no ha sido domesticado del todo. Porque, pese a décadas de sanciones, guerras indirectas, aislamiento, asedio financiero y operaciones de desestabilización, no ha aceptado dócilmente el lugar que Washington le reserva. Esa es la clave que muchos análisis omiten: el problema central no es únicamente la naturaleza del régimen iraní, sino su autonomía relativa en una zona decisiva para el control energético global.

Cuando Occidente anuncia una y otra vez la caída inminente de la Revolución Islámica, en realidad expresa un deseo geopolítico antes que un diagnóstico objetivo. Quisiera que cayera no solo un gobierno, sino una estructura estatal que ha demostrado resiliencia frente a la presión imperial. Y eso resulta insoportable para un poder que necesita exhibir capacidad de castigo. La designación de Mojtaba Khamenei como sucesor, más allá de sus límites políticos y simbólicos, viene a ratificar algo elemental: el cambio de régimen no se decreta desde Washington. La continuidad de la República Islámica, incluso en un escenario de guerra y crisis interna, indica que la relación entre poder, legitimidad y coerción en Irán es mucho más compleja de lo que suelen admitir las lecturas occidentales.

Sin embargo, yo no quiero romantizar esa continuidad. Sería un error tan grave como repetir la propaganda imperial. La permanencia de un régimen no equivale automáticamente a emancipación popular. Muchas veces, la presión externa fortalece justamente a los sectores más militarizados, más conservadores y más reacios a cualquier apertura democrática. Eso es lo que muestra el ascenso de la Guardia Revolucionaria en el sistema político iraní. La guerra unifica hacia adentro, justifica el control, clausura la disidencia y transforma cualquier protesta en sospecha de traición. La miseria de la guerra consiste también en eso: en ofrecerles a los poderes internos el pretexto perfecto para endurecerse.

Pero aunque ese proceso sea real, no se puede perder de vista la responsabilidad principal del imperialismo en la producción de este escenario. Porque las guerras no nacen del vacío. Nacen de estrategias. Nacen de necesidades estructurales. Y la necesidad estructural de Estados Unidos, hoy, es sostener un orden de dominación global en medio de su propia decadencia relativa. Esa decadencia no significa desaparición del imperio, sino exactamente lo contrario: lo vuelve más agresivo, más imprevisible, más desesperado por conservar privilegios. Una economía endeudada, financiarizada, socialmente desigual y cada vez menos capaz de ofrecer bienestar interno necesita compensar su deterioro con supremacía externa. Necesita controlar flujos energéticos, imponer el dólar, condicionar gobiernos y evitar que emerjan polos regionales autónomos.

Por eso el petróleo sigue siendo central. Aunque el discurso contemporáneo se disfrace con la transición energética, la seguridad internacional o la lucha contra el terrorismo, el control de los hidrocarburos continúa siendo un objetivo decisivo. No solo por el valor directo del recurso, sino porque quien controla la energía condiciona la industria, el transporte, la guerra, la moneda y la diplomacia. Medio Oriente sigue siendo un tablero crucial de esa disputa. E Irán, por su peso territorial, demográfico, militar y energético, es una pieza imposible de ignorar. De allí la persistencia del cerco sobre Teherán, la intolerancia frente a su programa nuclear, la obsesión por limitar su influencia regional y la constante tentación de fracturarlo desde adentro.

Yo sostengo que el lenguaje humanitario ha sido, demasiadas veces, la máscara elegante de intereses profundamente materiales. Se habla de derechos humanos mientras se negocian oleoductos. Se invoca la paz mientras se alimentan guerras por delegación. Se condena el autoritarismo de los adversarios mientras se arma a aliados feroces. Esa doble vara no es una anomalía: es el corazón mismo del orden imperial. Y por eso la tragedia de los pueblos de la región es doble. No solo padecen regímenes cerrados, desigualdades y represiones domésticas; también padecen la manipulación sistemática de sus conflictos por parte de potencias que ven en sus territorios una reserva de valor estratégico.

En este cuadro, la guerra se vuelve una máquina de fabricar obediencia y destrucción. Destruye ciudades, pero también destruye matices. Destruye vidas, pero también destruye la posibilidad de imaginar soluciones políticas soberanas. Todo queda reducido a una falsa elección entre el imperio y sus enemigos, entre la intervención externa y el endurecimiento interno. Y los pueblos quedan atrapados en esa pinza. Las mujeres iraníes que se movilizan, la juventud que protesta, los trabajadores empobrecidos, las minorías perseguidas, todos terminan pagando el precio de una confrontación en la que casi nadie los escucha de verdad. El imperio dice venir a liberarlos y en los hechos agrava su encierro. El Estado sitiado dice defender la patria y en los hechos restringe aún más sus libertades.

Esa es, para mí, la dimensión más miserable de la guerra: convierte a los seres humanos concretos en materia prima de la estrategia. Los vuelve cifra, daño colateral, relato patriótico o argumento propagandístico. Mientras tanto, las élites negocian poder, prestigio, mercados y recursos. Lo que aparece como enfrentamiento civilizatorio es, en gran medida, una disputa por la administración del mundo. Y en esa administración, el petróleo sigue escribiendo capítulos de sangre.

 No creo que todo lo que se opone a Estados Unidos sea emancipador. Pero sí creo que no puede comprenderse la violencia contemporánea sin poner en el centro la lógica imperial y la disputa material por los recursos estratégicos. Irán resiste, se adapta y endurece su estructura. Estados Unidos presiona, sanciona y busca reordenar la región a su favor. Entre ambos, la guerra revela su verdad desnuda: no es la excepción del sistema, sino una de sus formas más descarnadas.

Y mientras el mundo siga aceptando que el saqueo se disfrace de civilización, la guerra seguirá presentándose como destino. Yo, en cambio, prefiero nombrarla por lo que es: la continuidad brutal de una política imperial que necesita petróleo, obediencia y enemigos para sostener una decadencia que ya no puede ocultar.


 

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