Malvinas: la patria capturada
Malvinas no es solo una herida abierta ni una consigna repetida hasta el cansancio. Es algo más incómodo, más profundo: es el lugar donde la patria fue capturada. Durante años, desde la escuela, nos enseñaron que “Las Malvinas son argentinas”. Pero no era solo una frase. Era una operación afectiva. Nos formaban, nos moldeaban, nos hacían sentir. No entendíamos la geopolítica, pero sí incorporábamos una emoción: la pertenencia.
Y ahí está el problema.
Porque en 1982 esa emoción colectiva —legítima, histórica, popular— fue secuestrada por una dictadura. No la crearon ellos. La tomaron. La usaron. La deformaron. Transformaron un reclamo justo en una maquinaria de muerte. Enviaron pibes a congelarse, a morir, a desaparecer en el Atlántico Sur. Y lo hicieron envueltos en la bandera que antes nos habían enseñado a amar.
Esa es la verdadera tragedia de Malvinas: no solo la ocupación británica, sino la traición interna. El Estado argentino, en manos de militares, convirtió el deseo popular en sacrificio.
Y después vino otra violencia, más silenciosa pero igual de brutal: el olvido. La democracia no supo —o no quiso— hacerse cargo del todo. Los excombatientes quedaron a la intemperie, entre homenajes vacíos y abandono real. Héroes en el discurso, estorbos en la práctica.
Por eso Malvinas no termina. No puede terminar. Porque no es solo una disputa territorial: es una pregunta política que incomoda. ¿Qué hacemos con lo que decimos amar? ¿Lo cuidamos o lo entregamos? ¿Construimos soberanía o la usamos como excusa para disciplinar cuerpos?
Malvinas sigue ahí, insistiendo. No como recuerdo, sino como desafío. Y la única forma de honrarla no es repetir consignas, sino impedir que la patria vuelva a ser utilizada como coartada para la muerte.

Comentarios
Publicar un comentario